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domingo, 5 de julio de 2009

calaveras aulladoras

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La creencia en la existencia de fantasmas se encuentra presente en todas las sociedades de la Tierra y en todas las épocas y está unida intrínsecamente al fenómeno universal de la religión y a la convicción de que dentro de nosotros existe un fragmento de sustancia divina indestructible que no desaparece tras la muerte. Las leyendas, los cuentos, los rumores y el folclore dan testimonio de ello desde los primeros escritos sumerios y egipcios y reflejan el interés que los seres humanos han tenido siempre por lo que sucede más allá de la tumba, por esos millones de “espíritus” que no han sido aniquilados aunque se hayan hecho invisibles para los mortales, que todavía ven, oyen y perciben solo por medio de sus imperfectos órganos de los sentidos. Naturalmente, los detalles varían dependiendo del tiempo y de la sociedad, pero, en general, estas tradicionales historias sobrenaturales suelen regirse por estrictas convenciones narrativas. Es inquietante y sorprendente la similitud existente entre las historias chinas de fantasmas y las occidentales o entre los fantasmas de la Grecia antigua y los de la novela gótica del siglo XIX, por ejemplo. El fantasma advierte sobre peligros inminentes que acechan a sus seres queridos, demanda de ellos plegarias o un recuerdo más vívido, exige venganza o simplemente vaga por el universo material de sus antiguas posesiones vistiendo sus indumentarias de costumbre y llenando de temor el corazón de quienes se cruzan en su camino. Sin embargo, existen unas curiosas historias de fantasmas que parecen ser casi exclusivas de Gran Bretaña.

EXTRAÑA MARIPOSA
En El retorno de los brujos (1960) Louis Pauwels y Jacques Bergier se hacían eco de una pregunta planteada por Charles Fort, el coleccionista de hechos curiosos:

“En este momento tengo un ejemplar de mariposa particularmente ruidosa: una esfinge de calavera. Chilla como un ratón y el sonido me parece vocal. Se dice que la mariposa Kalima, semejante a una hoja muerta, imita a las hojas muertas. Pero ¿la esfinge de calavera imita acaso a las osamentas?”. Fort se refería a la Acherontia atropos, una especie de mariposa nocturna que presenta en el dorso del tórax un dibujo que se asemeja a una calavera humana y que saltó a la fama gracias a El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1981). Con un tamaño considerable, de 9 a 12 cm en el caso de las hembras, emite un zumbido agudo al ser molestada:

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Un ejemplar de “Acherontia atropos”, también llamada “esfinge de la calavera” o “polilla de la muerte” debido al dibujo que presenta en su tórax.

“Un sonido tan fuerte y tan expresivo de dolor que sobrecogió mis nervios como un toque de difuntos”, decía Poe en La esfinge (1846). Algunas orugas de esfinges tropicales, como la Hemeroplanes triptolemus, imitan a las serpientes cuando se sienten amenazadas. Expanden el tórax, con lo que exponen dos manchas que parecen ojos, y se colocan con el vientre hacia arriba, simulando al reptil en actitud amenazante. En ocasiones llegan incluso a vomitar sustancias pegajosas y aun tóxicas. Fort se preguntaba si la esfinge de calavera habría llegado a desarrollar un camuflaje tan perfecto, si realmente imitaba a algo; algo capaz de aterrorizar al más implacable de sus depredadores. Sin duda, Fort pensaba en este elemento fantasmagórico y confinado a las brumas británicas del que estamos hablando: las screaming skulls o calaveras aulladoras.

QUEJIDOS DE ULTRATUMBA
Una calavera aulladora es un cráneo humano de origen incierto que supuestamente provoca desgracias, fenómenos tipo poltergeist y que, sobre todo –y a ello debe su nombre–, “grita” cuando es desplazado del lugar que ocupa en una mansión. Cómo llegó el cráneo a este lugar suele ser objeto de pintorescas historias, que también explican por qué la calavera no desea ser enterrada. La más famosa es una que reside en Bettiscombe Manor (Dorset, Reino Unido). La tradición incluye varias versiones sobre ella. Una de estas afirma que en 1685 el propietario de la casa era un hombre llamado Azariah Pinney que participó en la Rebelión de Monmouth para derrocar al rey Jaime II. Después del fracaso de la revuelta, Pinney fue desterrado a la isla de Nevis, una colonia británica en las Antillas. Allí se convirtió en un próspero hombre de negocios gracias a la caña de azúcar. Cuando falleció, en 1720, le dejó todo a su nieto, John Frederick Pinney, que se había criado en Bettiscombe. Sin embargo, cuando este viajó a Nevis se mostró horrorizado por el sistema de esclavitud establecido en las plantaciones y cedió su herencia a su primo,
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Calavera aulladora de Bettiscombe Manor, atribuida a un esclavo antillano. En el cuadro que está detrás de ella vemos a John Pinney, quien, según la leyenda, lo llevó consigo a Gran Bretaña

John Pretor. John Frederick regresó a Gran Bretaña y trajo consigo a un esclavo negro que antes de emprender el viaje le había hecho jurar que le daría sepultura en su tierra natal. El esclavo falleció, pero Pinney faltó a su palabra y lo enterró en el cementerio de Bettiscombe. A partir de entonces y durante varias semanas el sueño de los moradores de la mansión se vio perturbado por quejidos, gritos y golpes. Pinney exhumó el cadáver y lo depositó en el desván. A partir de entonces cesó toda actividad paranormal. No se sabe por qué, pero tras varios años de los restos del esclavo solo se conservaba su calavera, desprovista de la mandíbula. En The Realm of Ghosts (1964), Eric Maple registró diferentes historias acerca de esta calavera. Se decía que en las diversas ocasiones en las que se había intentado retirarla de la mansión la comarca entera había sufrido terribles consecuencias: una tormenta arrasó las cosechas o el ganado enfermó y murió. Incluso alguno de los propietarios de la mansión había fallecido poco después de intentar deshacerse de ella. Uno de ellos la había enterrado a varios metros de profundidad solo para descubrir a la mañana siguiente que el cráneo había salido de su tumba y esperaba ser devuelto a la casa. Por otra parte, un ama de llaves comentó a un visitante en 1847 que la calavera protegía la casa de los malos espíritus. Maple entrevistó a un individuo que recordaba que siendo niño había oído “los gritos de la calavera que guardaban en la buhardilla, que eran más bien chillidos, como los de un ratón atrapado”.
Este testimonio era un poco desconcertante, pues hasta ese momento la creencia general era que la calavera solo chillaba cuando la sacaban de la casa. Otros habitantes del lugar mencionaban una especie de “tableteo” procedente del desván donde “ellos” (cuya identidad se dejaba a la imaginación del oyente) parecían estar jugando a los bolos con la calavera.

EN EL FONDO DEL FOSO
En la casa solariega de Wardley Hall, en el condado de Leicester, se conserva la calavera del padre Ambrose Barlow, sacerdote católico ejecutado en 1641 por traición a la Corona. Fue decapitado y su cabeza permaneció expuesta en una pica en la iglesia de Manchester. Francis Downes, un devoto católico, la compró y la mantuvo oculta en la casa por temor a que se descubrieran sus creencias. La escondió tan bien que no fue encontrada hasta mediados del siglo XVIII por Matthew Moreton, entonces propietario de la mansión. Uno de sus criados, creyendo que pertenecía a un animal, la arrojó a un foso lleno de agua. Entonces se desató una terrible tormenta y cuando el propietario de la casa fue informado por el criado de lo que había hecho, atribuyó la tempestad a la cólera de la calavera, por lo que drenó el foso y volvió a llevarla a la casa. La tradición cuenta que siempre que se ha intentado darle sepultura las tierras y las propiedades de la mansión han sufrido daños. Además, parece ser indestructible, pues a pesar de haber sido quemada e incluso rota en mil pedazos, siempre es encontrada al día siguiente en el vestíbulo, intacta y mostrando su eterna sonrisa burlona.

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Calavera de Ambrose Barlow

La calavera de Anne Griffith
Burton Agnes Hall, en el condado de York, alberga la calavera de Anne Griffith. La tradición dice que Anne y sus dos hermanas encargaron la construcción de la casa en el siglo XVI. Antes de que fuera acabada, Anne fue atacada por un grupo de salteadores mientras paseaba por las inmediaciones del lugar. A consecuencia de las heridas recibidas, falleció cinco días más tarde, no sin antes expresar su deseo de que su calavera se conservara entre los muros de la mansión para poderla ver concluida. Pero sus hermanas dieron sepultura al cadáver. Entonces comenzaron a producirse misteriosos ruidos. Sus hermanas exhumaron el cuerpo y se sorprendieron mucho al ver que el cráneo estaba completamente descarnado y separado del cuerpo, a pesar del poco tiempo transcurrido desde el entierro. Y parecía sonreír… La calavera fue depositada en la casa, pero años después, cuando fue heredada por la familia Bonynton, esta decidió deshacerse de ella y la enterraron. Pronto los terroríficos gemidos les hicieron desistir de su idea. Un propietario posterior decidió emparedarla, por lo que se desconoce su localización actual. También se dice que el fantasma de Anne se aparece cada aniversario de su muerte.

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LA CURIOSIDAD
Una calavera reacia a ser enterrada se conserva en Higher Farm, en Chilton Cantelo, condado de Somerset. Se le atribuye a un tal Teophilus Broome, fallecido en 1670, después de expresar su deseo de que su cráneo se conservara en la granja. Todos los intentos de sepultarla dieron lugar a “terribles sonidos, indicativos de profundo disgusto”, según reza en una inscripción de la lápida mortuoria.

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DICKIE: La “mascota” llorona
Tunstead Farm, cerca de Chapel-en-le-Frith, en el condado de Derbyshire, guarda entre sus muros una calavera llamada Dickie. Un nombre extraño, pues la tradición afirma que perteneció a una mujer que fue asesinada dentro de la casa. Antes de morir dejó dicho que quería que sus restos mortales reposaran para siempre en su interior. Con los años, el esqueleto fue perdiéndose hasta que solo quedó el cráneo. Se dice que Dickie emite gritos no solo cuando la sacan de la casa, sino también cuando llegan extraños, cuando enferma algún animal o cuando alguien de la familia va a morir. En cierta ocasión fue robada y llevada a Disley y los ladrones tuvieron que soportar tal cantidad de gritos y estrepitosos ruidos que no les quedó más remedio que devolverla a su hogar.

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